Choking The cherry

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El mundo de los gimnasios, para mi joven edad, solían ser un submundo lleno de gente egocéntrica y difícil de lidiar. Grupos de gente enorme levantando pesas con una sola mano por horas y horas.
Eso hasta que me decidí pasar un verano en uno hace dos años para observarlos, adaptarme al hostil ambiente, y por último mejorar mi pobre rendimiento físico.
El resultado. ¡Fue genial! A pesar del dolor físico y las constantes webas, todo tiene un premio, el mio, la habilidad de ya no sentirme como un viejo de 60 años, por las mañanas.
Luego un periodo apareció, y no volví a enfocarme en mi rendimiento por dos años completos, me sentí de nuevo como un anciano, en un punto, y aunque varias veces trate de volver a la costumbre (incluso intente el yoga), inevitablemente caí, necesitaba volver a un gimnasio, pero mi horario no se ajustaba en esos tiempos.
Hasta hace poco volví a hacer un segundo intento, pero esta vez, me aparte del clásico y agradable gimnasio al que solía asistir aquellos días, para explorar nuevos horizontes y formas de vida.
Trate en otro gimnasio, uno que alguien me había recomendado, allí comprendí otra vez lo que es sentirse pequeño y observado. Una vez que entras te topas con un ambiente muy diferente al que solías ir, personas enormes, egocéntricas, con brazos del ancho de tu cuerpo, y sobre todo, observándote y comparando. No duré ni cinco minutos dentro.
Uno debe buscar el sitio adecuado, cuando lo encuentras, tú simplemente lo sabes.

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