The Delta

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Pues el tiempo si que ha pasado. He crecido de un incómodo adolescente de 15 años a un incómodo adulto joven con bello facial. La verdad no muchas cosas han cambiado, me mudé un par de veces y vivo solo desde hace unos años, aprendí algunas cosas buenas, otras malas, la mayoría cosas malas con secuelas más o menos buenas, aprendí el valor de las cosas, de las personas, de las ideas, aprendi que vivimos en un mundo gobernado por idiotas y nuestros sueños y esperanzas son el motivo de chistes de ocasión en fiestas y reuniones. 
He aprendido tantas cosas y todas ellas me han hecho pensar tanto acerca de lo que significa crecer y lo que significa cambiar, evolucionar que ya no sé ni siquiera lo que va ser de mi en los proximos años.

Así es, señoras y señoras, he crecido.

Crecer no es tan malo como aparentan, en realidad nunca crecemos, aumentamos de tamaño y de panza dentro de una pecera social que llamamos ciudad metropolitana e interactuamos tanto con otros adultos (que en su mayoría son en realidad dos niños amargados dentro de un traje) que acabamos pensando igual que ellos y de cierta forma convirtiendonos en ellos. Así es, las ciudades con adultos son en realidad fieras maquinas de clonación, como las de las tortillas, con la sola función de tomar esa masa de harina que sacan las preparatorias y amoldarla unos cuatro años y medio hasta crear una calientita, perfectamente plana tortilla gris, que los funcionarios pasarán a saborear con su huevito guisado en una típica mañana.

No se engañen, nunca crezcan, y jamás de los jamases se dejen engañar por los horribles niños en trajes de adulto, un golpe en el esternón basta para patearle las bolas al de arriba.


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